Martes 20 de octubre del 2026
«No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús». (Filipenses 4, 6-7)
MI REFLEXION:
En este camino de la vida, donde me considero una mujer de fe, he escuchado a personas decir: «¡Tanto que reza, tanto que comparte cosas de Dios y, sin embargo, le pasa tal cosa!» Y es que, a veces, olvidamos que la fe no es una garantía de que nunca enfrentaremos dificultades, sino la certeza de que no tenemos que atravesarlas solos. Creer en Dios y mantener una relación con Él es algo profundamente personal. No se trata solamente de seguir a un pastor o a un sacerdote, sino de cultivar una relación íntima y sincera con nuestro Señor; una relación que nace del corazón. Y saber además, que somos seres humanos pecadores comunes y corrientes como los demás, que so somos Santos.
Una relación íntima con mi Señor es por ejemplo, tener ese encuentro en el que, al arrodillarte ante el Santísimo Sacramento y conversar con Él, experimentas una paz que no puedes explicar, sientes su presencia y permites que su Santo Espíritu fortalezca tu alma. Mi relación con mi Dios es muy especial: Converso con Él, lloro si tengo que llorar, canto, alabo, le hago preguntas y, en el silencio de mi corazón, aprendo a escucharlo. Porque no siempre recibimos las respuestas como esperamos, pero en la oración encontramos consuelo, claridad y fortaleza para continuar. A lo largo de mi vida he vivido procesos de transformación personal que me han enseñado a ser una mejor persona, un mejor ser humano. He aprendido herramientas que me ayudan a crecer, a reconocer mis errores y a mirar la vida desde otra perspectiva. Y en todo ese proceso, nunca he dejado de reconocer ni de creer en ese Dios que me cuida, me guía y me sostiene.
Por eso, no confundamos la fe con una vida perfecta. Tener fe no significa que no lloraremos, que no tendremos problemas o que nunca caeremos. Significa que, aun cuando la vida nos duela, podemos volver nuestra mirada a Dios y encontrar en Él la fuerza para levantarnos. Hoy es un hermoso día para poner en las manos de nuestro Señor todos nuestros proyectos de vida, nuestras decisiones, nuestra salud, nuestras preocupaciones, nuestros sueños y nuestro corazón. Pongámoslo TODO en sus manos, confiando en su amor y pidiendo al Espíritu Santo que ilumine nuestros pasos.