Lunes 2 de noviembre del 2026
«El Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos». (Salmo 34:19)
(Mi reflexión de hoy vale por varios días. Es larga pero leela, es mi compartir contigo desde mi corazón)
MI REFLEXION:
En este camino de la fe, hay personas que piensan que quienes creemos profundamente en Dios estamos exentos de enfrentar pruebas, miedos y momentos de debilidad. Creen que siempre somos fuertes, que no flaqueamos, que no lloramos y que nada nos hace sufrir. Y déjenme decirles que no es así. ¡Claro que sentimos miedo, que sufrimos, que lloramos y que, en ocasiones, nuestras fuerzas parecen abandonarnos! Porque, por encima de nuestra fe, somos seres humanos, con emociones, sentimientos y vulnerabilidades.
Hace algunos años, aproximadamente en el 2015, atravesé episodios de ataques de pánico. Recibí tratamiento médico y, apoyada también en mi fe, fui encontrando el camino para salir de aquella situación. Sin embargo, hace unos días volví a experimentar episodios similares y les confieso que, más que una experiencia traumática, ha sido una gran lección de fe y de conocimiento personal. Mi miedo o ataques de pánico, están relacionado con las enfermedades. (les invito a leer Ataques de Pánico para que se edifiquen un poco).
Hace días, en esta ocasión, sentía unos ligeros dolores de cabeza, y llevaron a mi médico a indicarme un estudio de la cabeza con medio de contraste. Para completar, también sufrí un cuadro de amebiasis que requirió hospitalización. ¡Imagínense todo lo que comenzó a pasar por mi mente! Mis pensamientos se adelantaban a los resultados y mi imaginación construía los peores escenarios.
Realizarme aquel estudio fue motivo de mucha ansiedad, elevaciones de la presión arterial y taquicardias. ¿Y qué decirles de los días de espera por los resultados? El miedo, los pensamientos negativos y aquellas películas de terror que mi mente no dejaba de proyectar parecían apoderarse de mí. Pero, en medio de todo aquello, también busqué refugio en mi fe: visitas al Santísimo, momentos de meditación, ejercicios de respiración y oración. Necesitaba serenarme, encontrar paz y recordar que no estaba sola.
Finalmente, llegó el momento de acudir a mi médico, el doctor José Joaquín Puello, para revisar los resultados. Les confieso que, mientras él observaba el estudio, yo estaba por dentro sudando frío y, en silencio, le pedía a Jesús que me cubriera con su amor y su protección. Entonces, mi médico me preguntó cuántos años tenía. Le respondí que casi 63. Y su respuesta fue una de esas que se quedan grabadas en el corazón: «Usted tiene un cerebro de una niña de 15 años. Usted está bien; este estudio está bien. Aquí no hay nada de qué preocuparse», vayasa tranquila. ¡Dios mío, qué emoción! Salí de allí llorando, pero esta vez eran lágrimas de alegría, de alivio y de gratitud. Sentía que Jesús me había sostenido durante aquellos días de angustia. No porque no hubiera sentido miedo, sino porque, aun sintiéndolo, había encontrado en Él un refugio al cual acudir.
Hoy quiero compartirles el APRENDISAJE que me deja esta experiencia: tener fe no significa que nunca vamos a sentir miedo. Creer en Dios no nos convierte en personas invulnerables, ni nos libra de experimentar ansiedad, tristeza, incertidumbre o momentos en los que sentimos que no podemos más. Somos seres humanos. A veces somos fuertes y otras veces nos quebrantamos. A veces nuestra confianza parece firme y otras veces necesitamos que alguien nos recuerde que todo puede estar bien. Y eso no nos hace menos creyentes, ni significa que nuestra fe haya desaparecido.
También he aprendido que confiar en Dios no significa dejar de buscar ayuda médica cuando la necesitamos. La oración nos fortalece espiritualmente y la atención profesional nos ayuda a cuidar nuestra salud. Ambas pueden acompañarnos en nuestro camino. Por eso, seamos más comprensivos con nosotros mismos y con los demás. No juzguemos la fe de una persona por sus lágrimas, sus temores o sus momentos de debilidad. Detrás de una sonrisa puede haber una batalla silenciosa, y detrás de alguien que parece muy fuerte puede existir un corazón que también necesita consuelo. Y finalmente me llevo una gran lección: darme cuenta quienes son esas pesonas que realmente me aman y estan pendiente de mi siempre…..a ellas, gracias, gracias, gracias.
Hoy, pidámosle a Dios que cada día fortalezca nuestra fe, que nos enseñe a vivir el presente con intensidad, alegría y gratitud, y que nos ayude a enfrentar nuestras incertidumbres sin permitir que el miedo nos robe la paz.