Miercoles 14 de enero del 2026
“Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.” (Salmo 39)
MI REFLEXION:
En la vida diaria nos pasa más de lo que quisiéramos aceptar: nuestra fe se enfría. No porque dejemos de creer en Dios, sino porque, sin darnos cuenta, empezamos a confiar más en las personas que en Él. Escuchamos consejos, buscamos aprobación, esperamos respuestas humanas… y dejamos la oración para después, como si fuera el último recurso y no el primero.
Confiar en un ser humano no es malo, pero poner toda nuestra esperanza ahí puede llevarnos a desilusiones profundas. Las personas fallan, cambian, se cansan o simplemente no pueden darnos lo que necesitamos. Dios, en cambio, nunca pierde el control, nunca se distrae de nuestra historia y jamás deja de querer lo mejor para nosotros, aun cuando no lo entendemos en el momento.
A veces decimos “confío en Dios”, pero nuestras decisiones dicen otra cosa. Confiar de verdad implica consultar, esperar, orar y soltar. Implica creer que aunque no vea el camino completo, Él sí lo ve y sabe exactamente hacia dónde me lleva. La fe no se mide por palabras bonitas, sino por a quién acudimos primero cuando el corazón se inquieta. Dichoso aquel que, aun con fe cansada, decide volver a poner su confianza en el Señor.