Miercoles 7 de enero del 2026
“Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada; más la lengua de los sabios es medicina.” (Proverbios 15:1)
MI REFLEXION:
Hay palabras que no se dicen gritando, pero duelen más que cualquier golpe. Salen de la boca con facilidad, impulsadas por el enojo, el cansancio o el orgullo, y se clavan en el corazón como golpes de espada. No dejan sangre visible, pero sí heridas profundas, de esas que tardan en cerrar y que muchas veces vuelven a doler con solo recordarlas. Lo más doloroso no es que esas palabras vengan de un desconocido, sino que muchas veces salen de labios que dicen amar. Se pronuncian dentro del hogar, hacia la pareja, los hijos, los padres, hacia quienes más confianza nos tienen.
Una palabra hiriente no se lleva el viento, se queda, se aloja en el alma. Y aunque luego pidamos perdón, hay marcas que no se borran fácilmente. Este mismo pasaje que hoy apoya mi reflexión, nos recuerda algo esperanzador: nuestra lengua también puede ser medicina. Puede sanar, levantar, restaurar, devolver fuerzas. Una palabra dicha con amor, con delicadeza, con intención de cuidar, tiene el poder de calmar un corazón herido y de reconstruir lo que parecía roto.
Ser sabios no significa callar siempre, sino aprender a hablar desde el amor. Pensar antes de soltar palabras que no podremos recoger. Recordar que no todo lo que sentimos debe ser dicho, y que no todo lo que pensamos edifica. Hoy esta reflexión es una invitación a detenernos. A preguntarnos antes de hablar: ¿Esto va a sanar o va a herir? ¿Estoy usando mi lengua como espada o como medicina? Porque al final, quienes más amamos no necesitan nuestras palabras más duras, sino nuestras palabras más cuidadas.